viernes, 28 de junio de 2013

En silencio

Despertó como todas las mañanas, sintiendo frío en sus pies. Los movió por la cama buscando algo de calor, pero no encontró nada. La cama siempre estaba vacía. La habían educado para ser una señorita de bien, y las señoritas de bien no gritan, ni ríen, ni lloran, ni sienten. Y así había contemplado pasar la vida, sentada en una silla, con las piernas dobladas, la espalda recta y viendo como sus amigas reían, lloraban, gritaban y tenían a alguien a su lado con quien compartir la cama. Muchos se habían interesado por ella, pero ninguno había continuado. Todos la abandonaban con la misma frase: ¡eres demasiado recta!. Su madre seguro se sentiría orgullosa. Cuando ya pensaba que no habría nadie, apareció él. No recuerda como fue, sólo que una tarde lo vio sentado a su lado y así el resto de los días. La llevó a pasear, a bailar y, lo más importante, la llevó al altar. Ella siempre vivió con esa preocupación en el cuerpo, esperando que la abandonara como habían hecho el resto de sus amantes. Un día, cuando ya las arrugan asomaban a sus rostros, ella se atrevió a preguntar: 
- ¿Por qué te quedaste?- Porque tú me lo dijiste- dijo élEn la cara de ella se reflejó la sorpresa. Revisó todas las conversaciones que habían tenido durante todos los años y nunca se lo había dicho. Una señora de bien nunca dice esas cosas. Él se levantó de la silla donde estaba, se acercó, apoyó su mano en el hombro de ella y le susurró al oído: Me lo has dicho cada noche, cuando tus pies buscan los míos
Salió de la habitación y la dejó allí sentada, sola. Por primera vez en su vida sintió una alegría tan grande que la desbordaba, que quería salir de su interior. Una lágrima recorrió su mejilla. Rápidamente la secó y recordó lo que hacen las señoritas de bien. Pero esa noche y para el resto de su vida buscó con más deseo los pies de su esposo. Había encontrado una manera silenciosa de decirle cuanto lo quería.


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