miércoles, 25 de diciembre de 2013

El loco del cementerio

… No sé nada del loco del cementerio desde hace mucho tiempo… pero no hay día en el que no lo recuerde, que no piense en él.

 No sé si seguirá vivo. Lo conocí un día como hoy, el día de Navidad. Cuando llegábamos al pueblo, mi padre acudía al cementerio para visitar la tumba de sus padres. Ese día preferí acompañarle antes de pasar un rato con la familia a la que sólo veía en estas fechas y con la que cada vez tenía menos cosas en común. Él estaba allí, sentado, con una silla plegable, delante de una tumba. Tenía un termo a sus pies, una pequeña manta que le cubría las rodillas y un libro que leía en voz alta. Me sorprendió su imagen. Le pregunté a mi padre quién era. No supo decirme, sólo que todas las Navidades estaba allí. Me acerqué lentamente. Pude escuchar los fragmentos que leía, se trataba de poesía. Notó mi presencia y se giró lentamente.

- Buenas tardes - saludó
- Buenas tardes, contesté ruborizada, intenté alejarme llena de vergüenza
- ¿Le gusta también la poesía? – me preguntó
- Sí – murmuré muy bajo
- Ella la adoraba – sus ojos se llenaron de lágrimas.

Miré la tumba, vi su nombre, Margarita Fernández, fallecida en 1991. Supe que se trataba de su esposa. ¿Cuánto llevaba muerta? ¿20 años? ¿Y todavía seguía visitando su tumba?

- Le encantaba que le leyera poesía, se sentaba junto a mí, acurrucaba su cabeza en mis rodillas y esperaba que le leyera. Era tan hermosa, …

Él continúo hablando, cerré los ojos e imaginé la escena, imaginé cada uno de los elementos que él me iba describiendo, la manta que le cubría las rodillas, ella sentada junto a él, la taza de té en las manos, y la poesía recitada:

“Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca”

Por un momento todo fue tan real, que parecía que podía sentirlos. Me despertó de la ensoñación la voz de mi padre llamándome. Me despedí torpemente de aquel hombre, con una enorme curiosidad por saber más sobre su vida y su historia. Esa noche en la cena pregunté a mis familiares, seguro que tenían que conocerlo. Se llamaba Juan, el de la mercería. Desde que su mujer murió visitaba todos los días el cementerio, con su manta, su termo, su silla y su libro de poesías. Todos los días, sin importarle el tiempo. Lo llamaban el loco del cementerio. Tenía dos hijos. Se habían marchado de allí. Él fue con ellos, pero pronto regresó al pueblo, a su casa. Su única compañía era la tumba que visitaba a diario.

Decidí subir al día siguiente con la excusa de regar las flores antes de emprender el viaje de vuelta a casa. Estaba deseando verlo. Y allí estaba de nuevo, frente a la tumba, en la misma posición en la que lo dejé,  como si el tiempo no hubiera pasado. Lo miré y lo saludé, deseaba tanto que me hablara de nuevo y así lo hizo.

- Buenos días - me dijo
- Buenos días

Mi curiosidad pudo más que mi educación y terminé por preguntar.
- ¿La quería mucho?
- Más que a mi vida – me contestó

.No hizo falta preguntar nada más, comenzó a contar su historia.

- Era verano, yo acababa de llegar al pueblo. Mis padres me enviaron para que pasara aquí las vacaciones y, ya de paso, le echara una mano a mi tío en la mercería. Querían que me sacara algo de dinero para continuar mis estudios. ¿Sabe? Era el mejor de mi promoción, era el estudiante de abogacía más prometedor. Recuerdo esa tarde como si fuera hoy. Estaba colocando unos botones tras el mostrador, los últimos en llegar, muy lujosos. Escuché sonar la campanilla de la puerta, y su risa…, levanté la vista y allí estaba. Llevaba un vestido blanco de tirantes cubiertos por sus dorados cabellos que resaltaba aún más con la luz del sol…Pensé que era un ángel…Nunca imagine una criatura más hermosa…Desde ese momento supe que mi vida no tendría sentido sin ella. A los dos días estaba en su casa, pidiéndole matrimonio. Todos me tomaron por loco, menos ella, ella había sentido lo mismo que yo. Al mes nos casamos y me quedé aquí, donde ella quería estar.

Lo miraba sorprendida y atenta. Él hablaba y hablaba, contándome su historia, mantenía los ojos fijos en el retrato de ella, como si yo no existiera, como si la conversación fuera solamente entre ellos dos.

- Tenía que haberla conocido. No había nadie igual – me comentó con lágrimas recorriendo su rostro- Mis padres se enfadaron mucho con nosotros por abandonar mi carrera, pero pronto lo entendieron. ¿Sabe? No me arrepiento, no me arrepiento de cada día que viví junto a ella. Sólo -guardó silencio y bajó la mirada- sólo me arrepiento de una cosa…
- ¿De qué se arrepiente? – le pregunté intrigada con un hilo de voz que apenas si me salía del cuerpo.
- De seguir vivo -  susurró
- ¿De seguir vivo? – mi pregunta debió de sorprenderle tanto como a mi su respuesta
- Le hice una promesa y he de cumplirla. – en ese momento levantó la mirada y volvió a fijarla en la foto de ella, de nuevo la conversación era de dos.

Su voz se hizo más grave, como esas voces que se aguantan un llanto amargo durante años. Me contó la última noche que pasaron juntos. Él acaba de llegar del trabajo, ella lo esperaba con la cena preparada. Los chicos ya no vivían con ellos. Él lo veía perfecto. Era el momento de volver a amarla en cada rincón de la casa. Ella estaba especialmente silenciosa. Se sentó a su lado como de costumbre y él comenzó sus lecturas. Le acariciaba el cabello cuando ella le interrumpió. Le sorprendió, nunca antes lo había hecho.

- Prométeme una cosa- me dijo
- ¿Qué te puedo prometer que sea tan importante como para interrumpir mi poesía? – le contesté
- Tu primero dime que lo harás y luego te lo digo
- ¡Qué tonta! – y la besé… – claro que lo haré, haré cualquier cosa que me pidas
- Cuida de nuestros hijos cuando yo no esté
- ¡Margarita! – grite sorprendido- ¡qué tonterías estás diciendo!
- Lo has prometido – me recordó.

- Se lo prometí – me susurró mirándome a los ojos y pude ver el dolor en ellos- y aquí estoy, es la promesa más difícil que jamás haya cumplido.

Esa noche ella murió, en silencio, dejándolo a él completamente solo. Intentó vivir una época con sus hijos, en la ciudad, pero no pudo. No podía vivir sin estar cerca de ella. No había día que no hablara con ellos, que los escuchara, que los ayudara, pero, él, Juan de la mercería, el loco del cementerio no podía alejarse de ese lugar porque allí había dejado su corazón para siempre.

Comprendí cuánto deseaba estar con ella, para él visitar la tumba era estar cerca de ella, era mantener su unión.

Tuve que marcharme y dejarlo allí, con su historia, su soledad y su amor. Cuando me alejaba, escuché  los versos que ese día recitaba:

“Nadar sabe mi llama el agua fría, 
y perder el respeto a ley severa”

Me giré para verlo por última vez, y por un segundo, la vi a ella, sentada junto a él, escuchando sus versos, apoyando la cabeza en su regazo y comprendí que la muerte no es el fin de una relación.

Hoy soy yo la loca del cementerio, la que todos los días voy a hablarle a la tumba de mi madre, a contarle que tal me ha ido el día, a buscar ese refugio que solo las madres saben aportar…Y por unos instantes siento a mi madre, como Juan sentía a Margarita.

Ilustración de Óscar Espin
El loco del cementerio. Ilustración de Óscar Espín


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