jueves, 27 de febrero de 2014

La tía Mina

Vino igual que se fue, 
                             … en silencio.

 La encontraron en su casa, llevaba muerta ya varios días.

 Nadie notó su ausencia, el olor que dejan los cuerpos sin vida, alertó qué en la casa pasaba algo extraño.  

Mis padres me avisaron por mail: 

Tu tía Mina ha muerto. El funeral fue ayer. No pudimos avisarte antes. Un abrazo. Tu madre. 

Como siempre tan escueta y cariñosa, así era mi madre.  Por aquella época ya vivía fuera de casa y había cortado al máximo las relaciones con mis padres. Nunca fueron unos malos padres, pero tampoco buenos. 

Después de pasar mi etapa rebelde y jurar y perjurar que no quería llevar una vida como la de mis padres terminé convirtiéndome en una mala copia de ellos. Me alejé cuento pude de casa, tenía miedo de cuanto más cerca estuviera más me parecería a ellos.  Pero ni la distancia ni la falta de comunicación evitó lo inevitable. Ahora a mis 40 años tenía una casa hipotecada y una relación estable. Lo peor de todo que ninguna de las dos cosas me apasionaban. 

Me entristeció la muerte de la tía Mina de alguna manera me sentía unida a ella. Cuando era niña, mi madre  me enviaba todos los veranos a su casa.
- Yo también merezco unas vacaciones – me gritaba – no sabes lo duro que es ser madre.
Recuerdo también las discusiones que tenía con mi padre. Él no le tenía alta estima. 

-Ya vas a enviar a la niña a casa de tu hermana, es que no ves que no debe ir. 
-¿Qué quieres que haga? - le contestaba mi madre – A algún lado tendré que mandarla o ¿prefieres que se quede todo el verano aquí sola? Nosotros no podemos. 
-Más vale enviarla a un circo  antes que a esa casa.  

Las discusiones siempre terminaban con esa frase. Él se alejaba, repitiéndola entre dientes y volvía al negocio familiar, una pequeña tienda que apenas si nos daba para comer, donde mis padres pasaban la mayor parte del tiempo, y que les proporcionaba la excusa perfecta para no atender a su hija. 

Si para mi madre eran unas vacaciones, para mí también.  La tía Mina era muy especial, como bien decía mi padre,  y pasar unos días en su casa eran toda una aventura. 

Recuerdo uno de esos veranos, el último que pasé allí. En su casa podía hacer realmente lo que quisiera. Mi tía era una artista, al menos así se definía ella, aunque para el resto de la familia era una vaga sin aspiraciones. Había montado su pequeño taller donde creaba piezas de cerámica que vendía en los mercadillos. Ella pasaba todo el día en el taller y a mí me dejaba correr a mis anchas. Decía que ya era mayor y podía confiar en mí, por eso me dejaba al mando de la casa. Asumí esa responsabilidad, durante ese verano me encargué de atender la casa, preparar la comida y, cada vez que podía, me tumbaba a devorar uno de los miles de libros que se apilaban en sus estanterías. Esas eran mis grandes ocupaciones. Había algo que no me dejaba tocar. En un rincón del salón guardaba bajo llave una extraña colección de figuras de cristal, eran figuritas pequeñas de todos los colores y estilos, unas con formas humanas, otras animales. Nunca me dejó abrir el armario para limpiarlas. Nunca. 

Lo mejor de todo siempre pasaba por las noches. Nos salíamos al jardín y allí la tía Mina, cuando caía la luna, era más ella que nunca. 

Esa noche hacía especial calor. Sonaba una canción, no he podido recordar el nombre con los años.  La tía había bebido un poquito de vino,  llevaba un vestido blanco lleno de pintura, los pies descalzos y el pelo suelto. Bailaba y cantaba. Yo estaba sentada en las escaleras, mirándola. Me sonrió. 

- No tienes calor – me preguntó

Yo asentí, me gustaba mirarla. Me abrazó y me dijo:
- Qué dura es la vida, no tengas prisa en crecer

En ese momento no la entendí, después no dejaría de recordar esa frase. 
Se desnudó y continúo bailando. Con su mano me invitó a que la acompañara. Así lo hice. Cuando llegué junto a ella, me desnudó y me hizo bailar al son de la música
- Cierra los ojos y siente la música. No te de vergüenza nunca expresar lo que sientes. 

Y bailamos como locas, como si la música hubiera entrado en nosotras, bailamos hasta caer rendidas sobre la hierba y, allí, del cansancio nos dormimos, hasta que el primer rayo de sol nos despertó. Nunca fuí tan libre como esa noche. Jamás se lo conté a nadie, fue mi secreto y el de la tía Mina. 

Y de repente, un día te haces mayor, y, te vuelves estúpido. Dejas de lado todo aquello que te hacía feliz. No sé muy bien por qué dejé de ir a su casa, creo que más bien por llevarle la contra a mis padres. Al principio la eché de menos pero entendí que si quería alejarme de ellos, la tía Mina estaba en el mismo paquete y también tenía que aprender a vivir sin ella. ¡Qué estupideces se comenten en el nombre de la madurez!

A todos les sorprendió que me dejara la casa en su testamento. A mí también, si he de ser sincera.  A mi madre le regaló toda su obra. Como siempre, no supo valorar lo que tenía entre las manos y lo regaló a una galería de arte. ¡Para qué iba a querer ella tantos estorbos! Meses después los cuadros de mi tía valían una verdadera fortuna. Imagino la cara de mi madre muerta de envidia, rabia y frustración. 

Cuando regresé a la casa de la tía Mina, después de tantos años, vi un espacio tan triste. No se parecía en nada al lugar que mi mente recordaba. Mis padres me dijeron que apenas si salía de casa. Los últimos años se encerró allí. Casi no creaba, se pasaba el tiempo en esa casa, sola, sin nadie que la recordara o la echara de menos. Nunca se casó, nunca tuvo a nadie con quien compartir las noches de verano en el jardín. Me entristeció tanto haberla abandonado. 

Recorrí la casa. Estaba todo tal y como lo recordaba, no había movido nada de sitio. Me llamo la atención que su colección de figuritas de cristal había aumentado. No sabía que iba a hacer con la casa. Todo el mundo me aconsejaba que la vendiese, que con el dinero podría pagar mi hipoteca. Venderla supondría la última gran traición a la tía.  

Pasé la noche allí, era mi manera de despedirme de ella. 

Me fui a la cama llorando, pensando lo sola que había estado, lo triste de su vida. Justo en ese momento, descubrí, al ir a buscar unas zapatillas, su gran secreto. Allí estaban, bajo la cama, todas las cartas de un gran amor. Estuve el resto de la noche y parte del día siguiente leyendo la gran historia de mi tía Mina. ¡Qué equivocados estábamos todos!. Esas páginas me hicieron llorar y reir. Conocí todos sus secretos, todas las frases que se susurraban para declararse su amor. Ese día conocí a mi verdadera tía. 

Lo conoció en uno de sus mercadillo. Él se acercó porque estaba interesado en sus obras. Estuvieron carteándose durante un tiempo, con una relación meramente comercial. Pero ya en esas cartas se veía la gran pasión que ambos escondían. Y pronto surgió el amor, un amor prohibido, él estaba casado. Leí todas sus dudas, remordimientos, reproches, las veces que habían estado a punto de dejarlo, pero al final, se amaban tanto, que siempre regresaban para estar juntos. Pero su relación siempre era a través de las cartas, era tan bello lo que se contaban. Una carta al día, durante años, guardadas todas en cajas. Era hermoso leer la complicidad que había en ellos, pese a la distancia, pese al papel. 

Me di cuenta que todos los años, siempre faltaba un día, un día en el que no se escribían. Supe pronto por qué, lo leí, como leí tantos otros secretos. 

Una vez al año él visita a la tía Mina y ese día se amaban como locos. Los imaginé por la casa, corriendo por el jardín, hablando de tantas cosas, tocándose, amándose como no podían hacerlo. Una sola vez  y el resto de las noches sola, acompañada de sus cartas.

También supe  que las figuras de cristal eran un regalo de él. Cada día, en su cumpleaños ella recibía una. Se habían conocido gracias a ellas.  Me pregunté si él sabría que había muerto. Días después tuve la respuesta cuando visité su tumba y encontré allí, una figura de cristal, una pequeña bailarina blanca. Creo que fue el mejor homenaje, la manera más bella de recordar a mi tía, mientras bailaba bajo la luna. 

    Descorché una botella de vino, me desnudé por completo a la luz de la luna, puse música en su viejo tocadiscos y me tumbé en la hierba. 
        

 Recordé a la tía Mina que tenía en mi cabeza e imaginé a la de las cartas, ambas bailaban para mí bajo la luna, 
                           ... y me pregunté si mereció la pena, 
                                                          si ...
                                        … mereció la pena 
                                            ... tantas noches sola por 
                                                              ...un instante de auténtico amor. 

La tía Mina. Ilustración de Óscar Espin


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