sábado, 29 de marzo de 2014

El don

Tu mayor virtud será tu mayor castigo

Recuerdo la primera vez que tuve constancia de mi don.
Tenía diez años, recién cumplidos. Era de noche, tenía hambre y baje a la cocina a ver si quedaba algo de leche para llenar mi estómago. Lo hice en silencio y en la más absoluta de las oscuridades, no quería que mis padres se despertarán. No deseaba más castigos por robar comida a escondidas. Él estaba allí, sentado junto a la lumbre, las pocas brasas que quedaban del fuego le iluminaban el rosto.

Como todas las noches mi abuelo se había vuelto a quedar dormido en su silla, junto al calor del hogar. Fui tan sigiloso como pude, no quería que se despertara y me pillara en mi excursión hacia la despensa. Pero todo mi esfuerzo fue en vano, todos los mangares que había soñado por el camino terminaron en eso,  en simples sueños. Cuando llegué al lugar donde mamá guardaba los restos de comida no encontré nada,sólo una botella vacía de leche que ni siquiera pude exprimir.

Volví sobre mis pasos guardando el mismo sigilo con el que había llegado hasta allí, con más hambre y decepción si era posible. Al salir de la cocina gire la cabeza por última vez para asegurarme de que mi abuelo seguía dormido, y fue entonces cuando lo vi.

Una sombra negra cubría todo su cuerpo, me quedé paralizado, no podía moverme aunque quisiera, mis pies no respondían, el pánico me invadió, ¿qué era aquello que estaba sobre mi abuelo? ¿qué me estaba pasando? Todo fue cuestión de segundos, de pronto la sombra tal y como apareció desapareció y mi cuerpo volvió a responder. Escuché un fuerte ronquido del abuelo, y corrí no se sí por el miedo a que mi abuelo me descubriera o por miedo a sentir de nuevo como mi cuerpo se paraba. A los dos días mi abuelo murió.

No asocié los dos hechos hasta que volvió a suceder. Esta vez fue en pleno día y como la vez anterior ocurrió sin previo aviso. Mamá había salido a comprar algo para llenar la despensa y había decidido que la acompañara para ayudarla con la carga. Estábamos donde Manolita, yo estaba embriagado mirando la cantidad de caramelos y casi no prestaba atención a mi madre. Escuché el tintineo de la campaña, alguien había entrado,  mi mente quería retener la imagen de los caramelos para esos momentos donde estuviera con hambre, pero la curiosidad pudo más e hizo que mi rostro se girase para ver quién era.

Vi a un hombre de pie y, junto a él, una sombra negra. La misma sensación se apoderó de mi cuerpo, el miedo y la parálisis. Quería gritar pero mi boca no respondía, quería moverme pero ni mis brazos ni mis piernas lo hacían. Tras un segundo,  que para mí fue una eternidad, la sombra se fue y con ella el pánico y la inmovilidad. Tiré de la mano de mi madre, quería decirle lo que había pasado, le susurré al oído pero ella no me escuchó
- Vamos niño que parece que te comido la lengua el gato - dijo mi madre
- Eso es que le da vergüenza, seguro que quiere un caramelo – le respondió doña Manolita – mientras se acercaba a la caja de los caramelos para darme uno.
Claro qué quería un caramelo pero no era eso, negué con la cabeza, intenté hablar pero no salían las palabras, cerré los ojos, abrí la boca y  grité con todas mis fuerzas:
- Ese hombre va a morir

Hubo un silencio, abrí los ojos, sentí la mano de mi madre golpear mi cara,  y  vi como los caramelos que doña Manolita estaba preparando para mí se caían de su mano para colarse debajo del viejo mostrador de madera. No sé qué me dolió más si la bofetada de mi madre o la pérdida de los caramelos.

El hombre me miró y guardó silencio, Manolita no dejaba de repetir que nadie me hiciera caso que todo eran bromas de niño. Mi madre no dijo nada más, agarró muy fuerte mi mano y no la soltó hasta llegar a casa. Durante todo ese día no volvió a dirigirme la palabra. Pasé el resto del día sentado en una esquina de la cocina con la sensación de que había hecho algo mal.

Tres días después una mujer enfurecida golpeaba nuestra puerta y no dejaba de gritar.
¡Tu hijo está maldito! Amenazó a mi marido y ahora mi marido está muerto. ¡Tu hijo está maldito!

¿Estaba maldito? ¿Realmente era así? ¿Había matado a ese hombre? ¿Había matado también a mi abuelo? No quería escuchar a aquella mujer y como nadie la callaba me escondí debajo de la cama. Recuerdo a mi madre y a mi hermana buscarme por todos sitios. Pero yo no quería salir. Tenía miedo, un miedo enorme de aquella mujer, de mi mismo.

Fue mi padre quien me sacó. Esa noche tuve la primera charla con él y con mamá sobre lo que había pasado. Les conté todo, lo del robo a la cocina, el abuelo, la primera vez que vi la sombra, cómo me sentí, todo, se los conté todo una y otra vez, pensaba que si lo decía muchas veces desaparecería. Mi padre escuchaba en silencio, atento, no dijo nada. Mi madre me abrazó entre lágrimas:
- Pobre de mi niño, - me dijo mientras me acariciaba
- Mamá, ¿estoy maldito?
- Dejaros de tonterías – dijo mi padre- aquí nadie está maldito. Dejad que piense, algo se me ocurrirá. Mientras tanto – ordenó – que el niño no salga de casa.

Y así sucedió, durante unos días estuve encerrado en casa. Creía que el que se iba a morir era yo, pero de aburrimiento. No había nada que hacer, nada. Me tumbaba en la cama y miraba el techo imaginando que recorría las calles jugando con mis amigos. Hasta que un día papá entró en la habitación.
- Vístete- me dijo – ponte tu ropa de los domingos y baja a la cocina, rápido

Hice lo que me ordenaba. Busqué la ropa en el armario y me la puse. Quizás hoy era domingo, con tanto día encerrado había perdido la noción del tiempo. Sí, seguro que era domingo  y me dejarían volver a salir.
Al bajar a la cocina pude ver tras los cristales una larga fila de hombres y mujeres que se agolpaban en la puerta. Mi padre me agarró de la mano, me sentó en una silla y dijo.
- Hijo mío, tienes un don. Y esta familia lo va aprovechar. Gracias a ti vamos a poder llenar la mesa.

Me explicó cual era su plan. Sólo tenía que mirar a la gente y decir si veía a la sombra. El le cobraría un dinero por eso. Me prometió que él estaría siempre allí, que no tuviera miedo, que nada malo me iba a pasar. Esa tarde vi a más de 20 personas. No sé el dinero que papá sacó, no vi la sombra en ninguno de ellos, pero mientras los miraba, recé todo lo que mamá me había enseñado para no verla.

Cuando mamá regresó de visitar a nuestra tita, se enfadó mucho al ver lo que papá había hecho.
- No ves qué es un niño – gritó – cómo te atreves a usarlo de esa manera
Me acerqué a ella y la cogí de la mano. No quería que se enfadará.
-Mamá – le dije – mira – señalé toda la comida que había en la mesa – mira, por fin podemos cenar
Mi madre lloró, me abrazó y al final, creo que lo aceptó o de alguna manera nos dejó hacer. Ella todas las tardes salía de casa, no decía nada, nadie sabía donde iba, y ese era justo el momento en el que papá aprovechaba para llenar la cocina de gente. En esas tardes sólo vi la sombra un par de veces y en las dos ocasiones las personas murieron.

Durante unas semanas tuvimos dinero y  comimos cosas que ni imaginábamos, incluso pude probar los caramelos de doña Manuelita. Pero la felicidad nos duró muy poco.

Esa tarde la que me acompañaba era mamá, papá había tenido que salir por cuestiones de su trabajo. Me alegré al ver llegar a don Julián, el cura de nuestro pueblo. Pensé que venía a ver si él tenía la sombra de la muerte cerca y me complacía decirle que no. Pero cuán equivocado estaba. Don Julián comenzó a gritar, no entendía lo que decía pero debía de ser muy grave porque mamá no dejaba de llorar y  prometerle que nunca más. Esa noche mi padre y ella discutieron. Desde ese día no volví a predecir la muerte de nadie en casa. Con el tiempo supe que don Julián amenazó a mamá, le aseguró que si seguíamos con esa práctica de herejía separaría a nuestra familia. Años después predije su muerte, fue una de las pocas personas de las que no me ha entristecido su marcha.

Sin embargo la gente quería saber. Los siguientes días fueron bastante horribles. Recuerdo ir andando por la calle con mamá y ser interrogado por cada uno de los transeúntes. ¿Moriré? ¿Seré yo? Uno y otro. Negaba con la cabeza, aunque con tanta confusión, la verdad que no sentía nada. Mamá me agarró fuerte de la mano y me sacó de allí. Me dijo que aunque la gente me preguntara no podía decirles nada. Las siguientes semanas procuré salir menos, esperaba que todo se calmara. Cuando salía y alguien me preguntaba, no respondía, no decía nada. En una de esas salidas, cuando todavía se agolpaban a mi alrededor, sentí la presencia de unas manos fuertes que me agarraban por la espalda. Me detuve en seco y grité llamando a mi madre. Las manos fuertes me giraron y consiguieron separarme de mi madre. Delante de mi vi a un hombre con el rostro inundado en lágrimas.
- Si tu me lo hubieras dicho-
- Señor, es mi hijo- grito mi madre, intentando separarlo de mi
- Si tu me lo hubieras dicho – me volvió a decir – podría haberme despedido de ella, le podría haber dicho cuánto la quería.

Nunca olvidaré a ese hombre, ni su rostro, ni su tristeza. Mi madre pudo por fin librarme de sus brazos, me agarró de la mano y seguimos nuestro camino. El hombre se quedó allí en el suelo, parado, con los ojos llenos de lágrimas y mirando como nos marchábamos. Esa noche tomé una decisión, una decisión que me ha perseguido toda mi vida.

Desde ese día cada vez que he presentido la muerte lo he anunciado. Nunca olvidé la suplica de ese señor, su desconsuelo. Así cada noche, cuando el sol caía, cogía la mano de mi madre y nos dedicábamos a tocar las puertas de aquellas personas que iban a morir. He visto padres destrozados porque la naturaleza no cumple sus leyes, esposos derrumbarse ante la promesa de un amor que se va, hijos que pierden el amor incondicional de sus progenitores.

No fue fácil, no ha sido fácil, he llamado a puertas que nunca desee tocar.
 Es duro cuando uno tiene que decirle a su madre que se va. Ella me hizo prometer que se lo diría. Esa noche dormí agarrado a su mano.
Fue mi manera de despedirme de ella, de darle las gracias, tenderle mi mano como ella había hecho tantas y tantas veces para protegerme.

Hoy es otro de esos momentos. Estoy aquí parado ante una de esas puertas, quizás la puerta más difícil de mi vida. Sé que cuando llame y lo anuncie, en esa casa entrará el dolor. Siempre me he consolado pensado que les daba una oportunidad, la oportunidad de despedirse de sus seres queridos, de irse con el alma en paz. Pero hoy realmente  no sé si durante todo este tiempo he hecho lo correcto. ¿Debe un hombre saber cuándo va a morir? Siento una punzada en el pecho.

No hay consuelo para el dolor por la pérdida de un ser querido.

Pocas veces me he equivocado, y al final no puedo predecir más allá de unas pocas horas. Pero sí que he aprendido que cuando una persona se convierte en la sombra de uno mismo tiende a desaparecer...

Hay dones que maldicen a uno, y éste es uno de ellos.

Llamo, la puerta tarda en abrirse, y ante mí aparece ella, como todas las noches, con esa sonrisa en el rostro que hace que volver a casa merezca la pena. La beso.
No digo nada más.
- ¿Alguna novedad? - me pregunta mientras guarda mi abrigo
- No – le contesto
La miro
- Ninguna novedad- repito mientras guardo silencio

Guardo mi secreto... quiero recordarla así... feliz... y llena de vida.

 Guardo mi secreto.

- Esta noche, mi amor, la muerte vendrá a por mí- pienso mientras la beso.


El don. Ilustración Óscar Espín
Ilustración. Óscar Espín

1 comentario:

  1. Los mejores relatos son los que salen después de una charla de café.Me ha gustado mucho.Un saludo

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