miércoles, 18 de febrero de 2015

La velada perfecta


- ¿Es para mí? - gritó una voz desde el piso superior
- No lo sé mamá – contestó Ana mientras se dirigía hacia la puerta – hasta que no abra la puerta no sabré quien es.
- Tú y tus cosas – continuó refunfuñando la señora Martínez desde la escalera.

Ana sonrió y continúo su camino hacia la puerta. Otro día quizás hubiera disfrutado más de las quejas de su madre pero hoy, hoy no tenía tiempo para eso. Había organizado una de sus famosas veladas, una cena para los más íntimos. Estarían todos. Sus hijas con sus maridos, su amiga Tere y su hermano Joaquín. Cuando llamó para invitarlo le preguntó si podía llevar un acompañante, la dejó intrigada, ¿a quién traería su hermano? Desde su divorcio no se le había conocido novia alguna. Y mientras pensaba y divagaba sobre la acompañante de su hermano, Ana había abierto la puerta y recogido un paquete. Se dirigía de nuevo al salón cuando de nuevo una voz aguda la despertó:

- ¿No piensas darme mi paquete?
- ¡Mamá! - gritó - ¡qué susto me has dado! ¿qué haces bajando sola las escaleras? Sólo faltaba que te cayeras
- Quería mi paquete  - insistió la señora Martínez parada ya casi en el último escalón – llevo esperando ese libro más de un mes
- Toma tu libro – le entregó Ana casi con enfado- anda, vamos, que te ayudo a subir, ¿y ahora sobre qué maldito misterio vas a leer?
- Hija, tú no lo entiendes – protestó ella – no lo entiendes

Agarró a su madre de uno de los brazos y comenzaron a subir la escalera. Le llamó la atención su piel, pese a la rugosidad seguía teniendo el mismo tacto de siempre, el que ella recordaba desde niña, sin embargo sus brazos estaban cada vez menos fuertes. Esos brazos ya no la sujetarían con fuerza si cayera. Recordó la primera vez que notó que su madre había envejecido. Fue el mismo día en que enterraron a su padre. Su madre era de aquellas mujeres de la vieja escuela, educadas para ser hijas y esposas de alguien. Nunca tuvo una opinión propia ni siquiera después de muerto su marido, y eso era algo que  Ana no le perdonaba y más cuando conoció el secreto de su padre.

- ¿Qué te vas a poner esta noche?

La voz de su madre la trajo de vuelta.

- No lo sé mamá, no me ha dado tiempo a pensarlo
- Yo sí – le respondió ella – te vas a poner el vestido verde
- ¿Tu crees? ¿No será demasiado?
- No, te ves preciosa con él

Ana sonrió. Había llegado ya a la habitación de su madre. La ayudó a sentarse en la butaca y mientras lo hacía observó su alrededor. La cama estaba hecha perfectamente, las líneas de la cubierta rectas, sin ningún tipo de arruga y doblez, toda la ropa recogida. Todo en orden, como debía de esperarse de una mujer de su estilo. ¡Cuánto daría porque el resto de la casa estuviera igual! Y en una esquina, uno sobre otro, estaban todos sus libros, los que había leído desde que murió su padre. No eran libros cualquiera, se trataba de la colección más insospechada de lecturas relacionadas con enigmas, secretos ocultos y cualquier otro misterio sin resolver. Ana no sabía hasta que punto esa afición se trataba de la locura de una persona de su edad o del intento de autoafirmación de una mujer engañada toda una vida.

- Espera – le dijo cuando ya estaba cerca de la puerta – tengo algo para ti
- Mamá, tengo mucho trabajo
- No seas tonta, son solo dos minutos, abre el cajón de mi mesilla y tráeme mi caja de madera

Ana hizo todo lo que le ordenó, le acercó la caja donde su madre había guardado sus tesoros. Ésta rebuscó, miró varias veces hasta que por fin alargó la mano y le entregó dos pendientes preciosos, de plata vieja, adornados con piedras brillantes de un rojo intenso.

- Toma, te irán perfectos con el vestido
- Pero mamá...
- Calla, y no discutas – aseguró con firmeza su madre – son muy especiales, son los pendientes de mi madre
- Mamá – dijo Ana, mientras estiraba la mano insistiendo para que los guardara en la caja
- No seas tonta  en la caja no hacen nada

Ana los miró, sí, verdaderamente eran preciosos y con el vestido verde hacían una perfecta combinación. Sonrió, era su manera de darle las gracias. Salió de la habitación guardando los pendientes en los bolsillos de sus viejos pantalones.

Pasó toda la tarde ocupada en preparar la cena, quería que todo estuviera perfecto. Sacó la vajilla de las cenas importantes, extendió la mesa del comedor, buscó velas nuevas acorde con la velada. Terminó de preparar el postre. Esta noche ella solo se iba a dedicar a cocinar el postre. Había encargado un servicio de catering con un menú especial, al gusto de todos. Quería dedicarse de lleno a sus invitados y odiaba estar más pendiente de la cocina que de ellos, por eso había optado por contratar la cena y el servicio. Pese a tener su mente ocupada en cada uno de esos pequeños detalles Ana no dejaba de recordar todo lo que aconteció tras la muerte de su padre. No estaba segura cómo había empezado todo, qué traicioneros son los recuerdos, van y vienen, se diluyen y se pierden y uno no sabe ya que tanto de realidad tiene o qué tanto de ficción. Ana esa tarde decidió que esta historia comenzó cuando su hermano Joaquín encontró una carta en una de las chaquetas de su padre.

- ¿Qué es eso? - todavía le parecía escuchar la voz de su madre cuando los descubrió con la carta
- Nada mamá – se apresuraron a decir ambos

Pero su madre sabía que no era nada, que nada no les hacía poner esa expresión en su rostro. Ana no sabía bien que hacer y sólo recuerda que vio a Joaquín extender la mano con la carta hacia su madre. Aunque si preguntas a Joaquín siempre sostendrá lo contrario. De un modo u otro su madre terminó con una confesión en sus manos del adulterio de su marido, un adulterio que se había producido durante años.

Ana había intentado imaginarse como se sentía su madre al descubrir que todo lo que creía era mentira, pero no pudo. Siempre la había culpado de la traición de su padre. La consideraba un ser débil, sin aspiraciones, entendía que él hubiera buscado otra vida. El gran abogado Joaquín Martínez tenía un futuro prometedor ¿dónde iría con una mujer tan vulgar? Ella siempre lo admiró, las charlas con sus socios, las reverencias que le hacían al pasar por la calle, cómo lo trataban en cualquier sitio al que fueran, eso sólo pasaba cuando acompañaba a su padre. Su madre, sin embargo, se perdía en la multitud y pasaba inadvertida. Por él, ella decidió estudiar derecho. Así fue como conoció a Carlos, su marido, ¡le recordaba tanto a su padre! Pronto se casaron y con la misma rapidez llegaron los hijos y Ana guardó su título de derecho en el cajón y se dedicó a la vida familiar.

La infidelidad de su padre se había convertido en el tema de conversación predilecto de los dos hermanos, Joaquín y Ana, especulaban de cómo era posible que su madre nunca lo hubiera descubierto, y siempre llegaban a la misma conclusión, su madre era una persona muy fácil de engañar.






El timbre de la puerta volvió a sonar, el reloj del comedor marcaba las nueve en punto. Ana terminó de ajustarse el último de los pendientes y bajó rápida las escaleras. En el piso de abajo ya la esperaban su marido y su madre. Uno a uno fue recibiendo a los invitados que puntuales acudían a su cita.

- Mamá ¡estás impresionante con ese vestido! - le acababa de decir Lucia, su primogénita, embarazada de su primer nieto
- ¡Me lo tienes que prestar¡ - insistió Clara, su segunda hija, - aunque no sé si cabré, ¡cómo puedes conservar esa figura!

Esas adulaciones le encantaban, apreciaba que sus hijas se esforzaran tanto por mostrarles su cariño.
La puerta sonó de nuevo. Esta vez era Tere, su amiga, una mujer soltera de su edad, que se había convertido en la confidente de Ana y la mejor socia de Carlos en el bufete.

- ¡Que envidia me das! - dijo – Estas perfecta – y le dio un gran abrazo – He traído un vinito
- No era necesario
- Lo sé, lo sé – insistió Tere – pero era para agasajar a los anfitriones. Es un Rioja, creo que el favorito de Carlos.

Ana lo recogió y lo llevó a la cocina, dio la orden a la chica del catering que se encargara de servir ese vino el primero.

Sólo faltaba Joaquín. Ana sabía que llegaría el último.  Le encantaba crear expectación y, sobre todo hoy, que vendría acompañado. Por fin sonó el timbre y allí estaba, su adorable hermano. Antes de que Ana pudiera reaccionar su madre ya estaba gritando desde el salón.

- ¿Quién es? ¿quién es su acompañante?
- Mamá, no seas impertinente – gritó Ana mientras abría la puerta
- Sólo me preocupo por mis hijos – le respondió su madre desde el salón
 - Mamá, es Pedro, mi vecino – dijo Joaquín
- ¡Lo sabía¡ ¡Lo sabía! - gritó eufórica su madre


Joaquín y Ana se miraron y mientras su madre continuaba gritando desde el salón
- ¡A mí nada se me escapa! ¡Nada!

Ellos susurraron la misma frase sonriendo

- Sigue igual, ¿verdad? - preguntó Joaquín
- ¡No ves! Echa un lince – bromeó Ana


La velada era perfecta. Ana no recordaba otra igual. Sus hijas con esa complicidad que siempre tenían, ella y Joaquín, cuando hablaban parecía que no había pasado el tiempo y seguían siendo los mismos chiquillos de siempre, su marido y Tere siempre se apartaban a un rincón para hablar de sus casos.  Todo iba según lo previsto.  De pronto, algo la perturbó. No llevaba los pendientes. Volvió a examinarse las orejas para asegurarse que no estaban. Miró por la mesa, el suelo, por la silla, y  no aparecían. Se levanto y se dirigió al tocador, tampoco estaban allí.

- ¿Qué pasa? - preguntó Joaquín
- Nada – dijo ella
- Nada no, ¿qué es? - volvió a insistir
- No encuentro los pendientes que me ha dado mamá
- Seguro que lo has dejado arriba
- No, ya he mirado
- Los llevaba cuando hemos llegado – aseguró Lucia, que se había unido a la conversación

Y al final sin quererlo, los pendientes se convirtieron en los protagonistas de la noche. Todos los buscaron, todos recordaron a Ana con ellos, pero nadie sabía donde estaban.

- ¿Qué recordáis cada uno de vosotros? -pregunto su madre
- Mamá esto no es un libro de misterio de los tuyos – se apresuró a decir Ana que se había ido en busca del consuelo de su marido.
- Ana deja a tu madre – se atrevió a decir este – mientras ella lo averigua nosotros podemos continuar con nuestras cosas – empujó ligeramente a Ana hacia la silla donde estaba su madre para volver a sentarse con Tere y un montón de papeles.

Su madre se levantó y se dedicó a interrogar a cada uno de los asistentes, repasando cada uno de sus pasos, hasta los de Ana, una y mil veces. Mientras lo hacía no dejaba de observar y de anotar.  Se percató de muchas cosas esa noche, de nuevas noticias y otras no tan nuevas, pero lo más importante supo dónde estaban los pendientes que le había dado a Ana.

- Ana – dijo con voz segura – puedes llamar a la chica que nos ha servido
- Pero mamá, acabo de despedirme de ella, está recogiendo y se marcha. Hemos terminado más tarde de lo previsto.
- Dile que venga, por favor  - insistió – es importante para saber donde estaban los pendientes.

Todos los asistentes guardaron silencio y la miraron con asombro. Ana se levantó y llamó a la muchacha.

- Antes de irte, por favor, devuelve a mi hija los pendientes que has robado – le dijo
- ¿Pero mamá? - gritó Ana
- Señora yo, yo no he hecho nada – comentó la muchacha todo asustada.
- Por favor – volvió a insistir – dame los pendientes o pretendes que llame a la policía.

Todos guardaron silencio en la sala. Y ahí estaba, la señora Martínez, en el centro, segura de sí misma, de su intuición, con la mirada la mirada fija en la chiquilla. Al final ésta metió la mano al bolsillo del pantalón y sacó los pendientes.

- Lo siento – dijo mientras se marchaba hacia la cocina avergonzada

Ana observó sorprendida a su madre

- ¿ Cómo lo has sabido?
- Era evidente mi niña ¡a mí nada se me escapa!

Todos rieron. Al final, sin quererlo Ana tuvo la noche que imaginó. Y se sintió muy satisfecha.

- ¿Está cansada, cariño? - le preguntó Carlos mientras se desnudaba para irse a la cama
- Un poquito ¿ y tu?
- Sí, hoy ha sido un día agotador, y mañana nos espera un gran juicio

Ana bajó la cabeza, sabía lo que eso significaba. Hacía tiempo ya de la última noche en la que habían mantenido relaciones. Tenía que entenderlo. Sus días eran agotadores. No necesitaba una esposa que se quejara. Se tapó con la sábana y se giró para la ventana, como hacía siempre, para no molestar.

Tu madre estará contenta
- Sí, ha ido todo según lo previsto
- ¿Seguro que no sospecha nada? No se habrá dado cuenta que todo era un truco
- No, seguro, mi madre – guardó silencio por unos segundos – mi madre es una persona fácil de engañar – dijo con tristeza

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En su habitación, la señora Martínez repasaba también cada uno de los acontecimientos de la noche. Se sentía eufórica, como hacía tiempo. Por un momento notó que Ana volvía a mirarla con admiración. Sabía que siempre le había reprochado lo de su padre. Si su hija hubiera sabido, su hubiera sabido que ella conocía esa aventura desde siempre. Calló, calló por sus hijos, por la época, por mil razones, que ahora con los años no lo servían ninguna, las hubiera cambiado todas si eso sirviera para ganarse el respeto de su hija. ¡Cuántas cosas había descubierto esa noche! Se percató que Lucia y Clara solo hablaban entre ellas cuando su madre miraba, notó más distanciamiento que la última vez, ¿qué le estaban pasando a sus chiquillas? Supo que Joaquín estaba feliz, quizás Pedro era algo más que un simple vecino. Se alegraba por su hijo. Confirmó que había algo entre Carlos y Tere, algo que no le gustaba, algo que no sabía como hacer para que su hija también lo viera. Su hija, ¿no veía lo que pasaba entre ellos? ¿No veía las caricias, los tonteos, la complicidad? ¿Cómo era posible que su hija fuera tan fácil de engañar?

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